Cuando ella las pronunció, en ese tipo de secuencia de plano contra plano que a veces parece simular que el espectador es un privilegiado contertulio de los protagonistas, sus palabras se me quedaron dentro de los oídos.
Sabía que, tarde o temprano, escribiría sobre ellas, que me iluminarían un trocito de pensamiento en los días siguientes y, aunque resultaran difíciles de asimilar sin poner algunas importantes objecciones, algo de ellas me llamaba.
"Algunos de los mejores momentos de la vida, fueron errores", decía Uma, clavándome su mirada azul sobre el sofá. Una contradicción, una paradoja, una frase comercial, un pensamiento inútil... quizás, sencillamente, una mentira.
Más tarde, cuando te hacen saber del ridículo que vino dos días después de haber sentido un alivio que tú hubieras vuelto a balbucear con alegría, piensas en los errores, en cuál es el motivo, la causa, que convierte el efecto positivo en negativo. En dónde está la línea que divide los errores de los aciertos y, sobre todo, en cuándo unos se transforman en otros.
Se me ocurre que los mejores momentos, esos que guardo dentro de una cajita del pecho, no son errores ni aciertos, y que nadie debería tener poder suficiente, ni siquiera uno mismo, para convertirlos en naufragios.
Porque no sabemos lo que sentiremos en el futuro, porque no sé lo que escribiré mañana, quiero mantener en la tinta de hoy y en el papel que atraviesa el tiempo las palabras que digo, para que me recuerden lo sentido antes de que la memoria y la luz de otros tiempos las conviertan en mentira.
Y, al respecto de la película, se me ha ocurrido modificar la frase para hacerla verdadera y escribir aquí, como contradicción, como paradoja, como frase comercial, como pensamiento inútil, quizás, como mentira, que algunos de mis mejores errores, primero fueron aciertos.
Aunque la verdad que nunca podrá ser mentira, el acierto que nadie trocará en equivocación, es que algunos de los mejores momentos de mi vida, los he vivido en ti, por ti, contigo.
COLLAGE
Ligeras cruzan las edades, hay quien las cuenta en días, y a través de su lluvia y su ceniza cada vez más difícil resulta el resistirse al perezoso vivir animal de la costumbre. No sé por qué los versos que ahora escribo parecen versos clásicos, y total para decir que si después de tanto tiempo aún hoy aprieto tu recuerdo entiendo que estoy condenado a naufragar todos los días con la vejez que da el saber que aunque me he equivocado en todo esto es algo que especialmente he hecho en lo que más quería.
Quizá las cosas tengan que ser así de escasas, quizá la felicidad sólo pueda ser disfrutada con cuentagotas, quizá sea necesario no tenerse para que el amor arda, quizá no haya veneno que mate más despacio que la rutina.
Y el tiempo mientras tanto, eso es la vida.
Quizá las cosas se rebelen, la felicidad se me atragante, el amor se convierta en ceniza y el veneno me deje indemne,
Se me esfumó un poema. Se fue con viento fresco, evanescente, apenas sin dejar rastro. Sólo un escalofrío húmedo como un ente del otro lado que te sopla a la oreja y te clava ojos invisibles y te lee sin palabras la espina dorsal, la corriente sanguínea, los sueños, el metatarso, los secretos menores y mayores, el hueso sacro, las ideas, las penas, las alergias, hasta el centro de la médula y la memoria y sus fallos. No lo noté entonces. Pero abrí la ventana, miré a lo lejos, ordené los cojines del cuarto, encendí un incienso y me quedé pensando que algo había volado. La temperatura bajó levemente. Me dí cuenta con un tenue soplo que dejó un nudo hueco en mi garganta.
De un modo único, personal, reconocible, mis ojos recorren esta procesión de hormigas que avanza sobre lo blanco, o la inexplicable belleza de un cuadro arrugado en una lejana galería.
Nadie más que yo puede repetir el trayecto que mis dedos surcan en tu rostro, sólo mi lengua, sólo tu pecho, pueden establecer el mismo baile o la misma travesía que gobierna estas dos respiraciones entrecortadas.
Cada palabra que nos decimos sólo podemos decirla nosotros, por muy comunes que sean el significado y la presión que los labios de los otros ejercen sobre el vocabulario.
Sólo tú puedes leerme como me lees, mirarme como me miras, rozarme sin más esfuerzo que el de mover los labios.
Tuya es la huella que me está dejando este tiempo de tránsito y de frontera. No hacen falta documentos que acrediten el picor de esta esperanza ilusa, el ardor de las horas confusas y el humor que me revuelve la vida. De tu ausencia y tuya es la firma que llevo escrita.
DEJARLO Dejar el tabaco tiene su momento. Buscar la jugada perfecta, sin dolor. Se te ve muy bien. Dime en qué farmacia compras las pastillas esas para dejarlo; el amor, digo el tabaco. El síndrome de abstinencia me está matando.
Qué ternura, o quizás no sea la palabra, discutir sobre colores por teléfono, planear la vida próxima, el siguiente agua, rodar entrelazados sobre un texto como si fuese una suave cuesta o una cama, caminar sin rumbo por la casa buscando el rincón donde sentirse más cercanos, mirar al infinito mientras se le habla a las paredes.
Quizás ternura no sea la palabra y haya que inventar un gesto alternativo, un color luminoso, una nota musical nueva, otro concepto de silencio.
Qué ternura, aunque quizás no sea la palabra, combatir el frío de las noches rozando espalda contra espalda, bendecir alguna tarde desastrosa con una caricia tuya impúdica y osada, pulsar con locura el timbre de la alegría y aparcar el mundo en el cruce de un beso con la calle Ganivet.
Si al final resulta que ternura no ha sido nunca la palabra, perdóname esta falta mía de vocabulario a la que tengo que agradecerle que te vayas dejando enredar en la médula de los poemas, sobre el corazón de la memoria, en el centro de mi vida.
CARICIAS CRUZADAS
Comencé una caricia el jueves por la tarde, pero sonó el teléfono, llamaron a la puerta, la caricia se quedó aplazada.
También otras caricias quedaron en suspenso para seguir más tarde, después, al día siguiente: las caricias se enredan, las que están acabando con las que empiezan hoy, aquellas que se alargan ocupando semanas con aquellas que duran décimas de segundo.
Contigo las caricias empiezan, no se agotan, nunca acaban, parecen conversaciones que se cruzan, palabras que nos llevan.