Mostrando entradas con la etiqueta Ángel González. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ángel González. Mostrar todas las entradas

jueves, 23 de junio de 2016

Palabras de otro (Epílogo)

Persistiendo

Por el mismo camino estrecho y con el mismo desconocimiento de hacia dónde me lleva. Aquí, persistiendo en los mismos errores cometidos después de haberme entrenado a conciencia para evitarlos.

Terminando los mismos ciclos, dando otra primavera por perdida, desesperando un otro verano que posiblemente también acabe siendo el mismo de todos los años.

Mantengo guardado en el centro de mi corazón de madera, como un tesoro que contemplar en noches difíciles, una mesa de bar con tus nombres grabados, con fechas atrapadas en arrugas del calendario y teléfonos de la esperanza que alguna vez me supe de memoria.

Sigo en la misma batalla conmigo mismo, dilucidando nubes que no están en el cielo, extrapolando sueños pequeñitos antes de que exploten, extrañando aromas que llevo adosados a esa parte de mí que ya no soy yo. Y, al mismo tiempo, mirando hacia la vuelta de la esquina, asomando mi vértigo al abismo conocido de otras caídas, dando pasos trémulos que no pretenden ser rectos ni torcidos, sino míos tan sólo.

Persisto en practicar este tipo de sexo raro, relleno de teclas-beso, de carícias-tilde, de amores-párrafo. Un sexo lejano de actos-frase, un sentimiento distante de comas-mordisco, una emoción contenida en historias-texto con finales tristes que intento endulzar apostándolo todo al azar del punto y seguido.

Insisto en este cálido desconsuelo de conservar el brillo de todo lo que ya he dado por perdido, para mantenerlo encendido a pesar de las luces. Persisto en adornar con un cierto estatus clandestino todas las cruces de mi mapa del tesoro. Consisto en este no saber decir nada que no haya sido escrito primero y, después, convertido en mentira.

Libremente atrapado en el mismo insomnio que he sido, que soy, que terminaré siendo, y que ya no distingo del sueño o del duermevela. Sigo domiciliado en la espera, habitando en la víspera del porvenir que nunca llega.

Persisto en el filo del mar, acechando olas que me revuelquen por la arena aunque trague agua por la nariz y la sal me deje un sabor áspero en la garganta. Continuo prefiriendo la lluvia y su humedad a la placidez de la calma que viene después de las tormentas.

Continuo en el mismo antro que desgrana la misma música por los altavoces del ruido de fondo. Y, en fin, sigo con los mismos kilos sin perder, con el mismo humo sin vender, con la misma ansiedad de sofá y la misma pereza hecha sótano.

He cambiado muy poco: alguna ropa de las rebajas, unos muebles de jardín que estaban de oferta, el color de unas paredes que no combinaba; algunos nombres desconocidos que llevarme a la boca, otros mapas en los que andar a gatas y perdido, nuevas rayas en el agua, cierto descontrol de pelusas por debajo de la cama y las consabidas actulizaciones de windows.

En fin, que sigo huyendo hacia delante, descubriendo que los nuevos caminos conducen siempre a los mismos sitios, aprendiendo que no hay otro modo de caminar que no sea en círculo; persisitendo en encontrar respuestas para esa pregunta que nadie ha conseguido nunca formular, en ningún idioma, con las palabras de otro dichas al oído.

Junio-2017



Todos ustedes parecen felices...

...Y sonríen, a veces, cuando hablan.
Y se dicen , incluso,
palabras
de amor. Pero
se aman
de dos en dos
para
odiar de mil
en mil. Y guardan
toneladas de asco
por cada
milímetro de dicha.
Y parecen -nada
más que parecen- felices,
y hablan
con el fin de ocultar esa amargura
inevitable, y cuántas
veces no lo consiguen, como
no puedo yo ocultarla
por más tiempo; esta
desesperante, estéril, larga
ciega desolación por cualquier cosa
que -hacia donde no sé-, lenta, me arrastra.

(Ángel González)

miércoles, 22 de junio de 2016

Palabras de otro (y X)

Costumbres

En junio siempre termina la vida y comienza el verano. Que es como un epílogo pegajoso que se enreda en los calendarios, un paréntesis de calor entre proyectos y, a veces, un proyecto de paréntesis entre el calor.

Comienza el viaje hacia septiembre llenando el aire de puntos que, las más de las veces son puntos y seguido. De tanto en tanto, los puntos son finales y los textos terminan sin un párrafo redondo de esos que llevarse a la boca en las noches de insomnio.

Pero también suceden puntos suspensivos de los que esperan acontecimientos; o de los que desesperan respuestas que, por cuestiones de agenda, hay que dejar para después. Un después que siempre llega tarde, naturalmente, y que, aún más tarde, justifica su correspondiente entonces.

Uno dice adiós con minúscula a las costumbres adquiridas, incluso a las desadquiridas durante el devenir de las intrahistorias, para cambiarlas por otras con más chanclas y menos tela y menos despertadores.

Pero no por decirles adiós las costumbres se olvidan. Por que tienen las costumbres la dichosa costumbre de acostumbrarnos, que es como querer creer que se cree en ellas, como convencerse de su conveniencia, como habituarse a ese hábito suyo que no hace al monje.

Porque las costumbres tienen la sustancia de la vida, eso que distingue unos días de otros: la baranda a la que uno se agarra cuando mira hacia el abismo, el mantra que se recita ante la intemperie, la canción que se tararea para espantar el túnel y concentrarse en la luz del fondo.

Pero las costumbres no se olvidan por decirles adiós. Se empeñan viscosamente en aferrarse a las liturgias, se esconden en las horas del día en que la mente se queda libre de conversaciones externas, se filtran en las palabras que se cuentan o que se escuchan. A veces penden de un nombre que vuelve en otros rostros; o se transforman en un ligero temblor de manos cuando se escribe. O se sublevan en las arenas que el mar remoja o se depositan en los acordes de una canción tantas veces tarareada en compañía.

Olvidarlas es mucho más que prescindir de ellas y decirles adiós; mucho más que resignarse al picor de las ausencias, mucho más que cambiar de sitio el sofá. Olvidar es difícil, más difícil que no practicar, mucho más difícil que empeñarse en no recordar.

Olvidar es elegir una respuesta sobre qué será de mí, qué será de ti, sin nosotros. Decir adiós, en cambio, es una pregunta. Una pregunta que no se termina nunca de contestar. Decir adiós es preguntarse continuamente ¿qué será de nosotros sin ti, sin mí?

Pero las costumbres no se olvidan. Ni siquiera aunque venga otras nuevas que rellenen los días con otros modos de correr por el reloj. Y algunas, como la costumbre de esperar o la de los cantautores, como la costumbre de teclear instantes, vuelven de tanto en tanto, en cuanto que uno se descuida, y se nos salen por los dedos y su memoria electroquímica.

Decimos adiós a muchas costumbres, y a algunas con imposible tristeza. Pero las costumbres no se olvidan. Especialmente, aquellas preciosas costumbres que nos salvaron la vida.


Junio-2016




Inmortalidad de la nada

Todo lo consumado en el amor
no será nunca gesta de gusanos.

Los despojos del mar roen apenas
los ojos que jamás
-porque te vieron-,
jamás
se comerá la tierra al fin del todo.

Yo he devorado tú
me has devorado
en un único incendio.

Abandona cuidados:
lo que ha ardido
ya nada tiene que temer del tiempo.

(Ángel González)