lunes, 12 de diciembre de 2016

Conocimiento del medio (y III)

Trasplante

¿Se puede vivir con el corazón de otro,
notar como fluye en nosotros su sangre,
ver con sus ojos abiertos y mirarse
a distancia pero por dentro?

¿Se puede sentir una herida ajena
que parece hecha con dolores propios?
¿Se puede tener una vida en otra cabeza,
en el centro de otro cuerpo,
respirando en otro soplo?

¿Puedes contagiarme la realidad tuya?
¿Puedo contraerla, padecerla,
que luche contra mis defensas
y, una vez debilitada o muerta,
devolvértela inocua?

Sí, se puede, es preciso que se pueda.
Pero no hay que inventarse un trasplante,
ni colocar sensores electromagnéticos
alrededor del corazón o de las cabezas.

Basta con vivir muy cerca, tan juntos
que a ratos nos estorbemos,
a tan poca distancia que no distingamos
quien de los dos ve lo que vemos.

Tan cerca, que las pesadillas y los sueños
nos tapen con la misma sábana.
Así podré contagiarte mis sueños,
podrás contraerlos, padecerlos,
que luchen contra tus defensas
y, una vez debiltados o muertos,
devolvérmelos inocuos
o cumplidos.


Esqueleto

Este esfuerzo de armonizar palabras,
encontrar el acento,
subrayar el silencio y enhebrar el énfasis,
conmoverse y verse como desde fuera de la escena
para luego volver a entrar dentro,

este añadirte a los versos en la intención disparada,
en la letra consabida, en la atracción que quizá
ejerzan sobre el otro universo posible,

este modo de regar las cosas pequeñas
con miradas que se parecen a los tuyas,
de querer cortar el agua y romperla
en mil pedazos de plata y lluvia,

esta manía de esculpir para siempre
encuentros fugaces, de llamar a las cosas
por su otro nombre desconocido,
de remover la sopa de la vida
antes de dejarla reposar en el fondo del plato,

esta necesidad de encontrar renglones
de la talla precisa, de manejar palabras
que me aplastan, que me vienen grandes
o que me encogen sobre ti,

este ímpetu desordenador de instantes,
como si quisiera armar el puzle de otra caja,

este modo desenfocado de levantar acta de la distancia,
de tomarse los días como un breviario
y correr sobre las noches un tupido desvelo,

este palpar lo real en el deseo
de lo imaginario, esta confusa fritura de conceptos
en témpura de nubes, este caos
que siempre está al borde del riguroso orden alfabético,

esta, en fin, silueta del destierro
que te está esperando aquí escrita,
no tiene nada que ver con la poesía.

Es mi esqueleto.

viernes, 9 de diciembre de 2016

Conocimiento del medio (II)

Porcelana

Allí extendida sobre la mesa,
campo mojado que espera lluvia
con los ojos cerrados,
tú estuviste primavera.

¡Cuánta ternura de labios!

La pregunta era respuesta,
el calor tenía poco espacio
y el aire, qué sé yo el aire,
tibio, dulce, respirado.

¡Cuánta ternura de labios!

Arcilla con amor de tierra,
caricias de horario artesano
en el torno de tu lengua
y en el calor de mis manos.

¡Cuánta ternura de labios!

Tendida allí, sobre la hierba,
temblando encima del calendario.
Alrededor, qué poca primavera,
pero en tus vértices ¡cuánto verano!


XVIII

Me despierto tal vez
y alguien
desnudo como yo
está a mi lado,
con una inesperada soledad
y los ojos en deuda con la noche,
hablándome de ti,
preguntando la historia de tu ausencia.

(Luís García Montero, Diario Cómplice, 1987)



La impertinencia de las hojas secas

Amanecen en el patio, secas, reposando después de un vuelo breve, casi un baile con el viento.

Entonces, armado de escoba y en armonía con la pendiente, las barro lentamente, dejo que jueguen un poco antes de meterlas en el recogedor.

Otras, las más, otras que cayeron a la tierra huyendo de la escoba, se dejan seducir por el rastrillo y se acercan a mis pies tímidamente.

Con las manos, las reúno en puñados que crujen -si no fuese porque me creerías loco, diría que crujen con la risa de las cosquillas- y las obligo a compartir el mismo olvido que a las otras.

Se suda, por el calor y porque yo sudo con poco, y después de la tarea apetece subir a lo alto de la escalera y encender un cigarro. El humo hace garabatos en el pensamiento y sabe a gloria ese escalofrío de la brisa que se levanta como queriendo llevarse las gotas de sudor.

Todo límpio, tranquilo, fresco el cuerpo a la sombra, quizás felicidad. Y vuelvo el rostro a contemplar la obra realizada y... ¡Será posible! Una imprecación, una incredulidad hecha parpadeo.

Nuevamente, hojas secas desparramadas por el patio, como notas de un pentagrama. Y como un Sísifo moderno, con un enfado que se va convirtiendo en ternura, vuelvo a retomar la misma tarea que acababa de terminar.

En el fondo, me conmueve la impertinencia de las hojas secas. Parecen remordimientos de la naturaleza que se posan en la conciencia del suelo. Porque son como las ausencias, como el silencio, como la soledad.

No hay manera de quitarlas del todo.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Conocimiento del medio (I)

Sigue lloviendo

Pero no ha dejado de llover aunque el sol invada el cielo. Sigue cayendo, la siento todavía volar mansamente, gota a gota, penetrando por todos los resquicios del pensamiento, mojándome lo ya húmedo, impidiendo lo seco.

Miro a través de la ventana y no la veo. Apenas un pequeño resto de palabras, como un reguero que se resiste a huir o que no se atreve a volver. Pero la oigo palpitar en todas partes, cayendo desde no sé qué cielo, tomando formas diversas al contacto con el suelo, andando de puntillas tras de mí.

No ha dejado de llover por más que lo digan los telediarios. Llueve sin agua, llueve sin nubes, llueve siempre. Lleva mucho tiempo lloviéndome en cada silencio, justo antes de cada palabra que pienso y, también, justo después de no decirla.

¡Me gusta tanto la lluvia! Que salga el sol si quieres, que salga si no la luna; pero que no deje de llover, que me caiga todo el agua encima. Ya no quiero estar seco porque me ahogaría.

(Sin publicar, diciembre 2009)


Incendio

En mis sueños hace mucho calor
y cuando, al cabo,
me levanto y me visto
sin saber el color que tendrá el cielo,
salgo buscando,
en todos los ojos que miro,
los ojos que llevo en mi sueño.

Incluso ahora que escribo,
sí, precisamente ahora mismo,
en estos bordes que comparten
el insomnio, la vigilia y un incendio,
no puedo dejar de pensar ni un instante
en este calor ni en este sueño.
Y lo peor es que esta llama
que me quema tan desde dentro
no puede sofocarse con agua,
sólo se apaga ardiendo.

(Instanteca, diciembre 2008)


Hierve el agua

¿Cuántas veces tiene que repetirse un sueño para que suceda? No sé, nunca he sabido, sigo sin saberlo, si la energía y el deseo que se entregan al anonimato de lo que uno imagina en los sueños pueden, de alguna manera, modificar la realidad y sustituirla por otra.

Ella está de espaldas y, al poner mi mano en su hombro, se gira y me abraza. Su cabeza se reclina en mi pecho y entre todos los brazos surge el ocho, el infinito.

En cada borbotón estamos más cerca; en cada ruido que prorrumpe, la respiración se acompasa. El universo toma su temperatura y el paisaje se aleja hasta desaparecer.

En cada gota que cae, sobra más el aire que nos separa. En cada bocanada, se difuminan en el contacto los límites de los cuerpos. En cada borbotón, el tiempo se ralentiza hasta hacer olvidar el futuro que viene.

Ninguno de los dos dice nada y la vida parece un soplo, un aliento que roza las caras. Nadie dice nada, nada, porque no hay nada que decir. Y mientras, hierve el agua.

¿Cuántas veces tiene que repetirse un sueño para que suceda? No sé, nunca he sabido, sigo sin saber. Pero he descubierto contigo que hay cosas que con una sola vez que sucedan, con una sola, se repiten para siempre en los sueños.

Y cada vez que hierve el agua.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Despedidas y estrépitos (y IV)

Vecindario

Anuncia el vómito de las pantallas
un fin del mundo cada día.
Subo el volumen de mi esencia cobarde
para no escuchar más soledad que la mía,
pero entra a golpes catódicos el ruido de fondo
y su histeria de cuchillos en el descampado.

Afuera no duerme nadie
en una guerra de mundos que nunca termina,
porque nadie puede escapar de esta pulsión infinita
de sapos que devoran culebras,
de locos que se devanan los sesos en la escalera
cuando el viento palpita en el alma de las persianas.

No puedo dormir esta noche moribunda
de cristales rotos y patadas en la puerta.
Porque me llegan las voces de las madres rotas,
el llanto asfixiante de los niños oscuros,
y el corazón me tirita con el ladrido
de los perros que arañan la luna.

(Instanteca, diciembre 2007)



Odio las columnas

Serían las ganas de salir de debajo de la tierra, el estrés de ir con el tiempo justo, la despreocupación de haber hecho lo más difícil o la inquietud de una tarde de frío en la vegija.

Sería el odio ancestral de las columnas, la luz mortecina de los subterráneos o el espanto de que el regalo inútil que buscaba costaba sesenta euros.

El caso es que antes de entrar por la puerta contraria, repase mentalmente la maniobra que tenía que hacer; y era sencilla, lo difícil había sido meter el vehículo en donde lo metí.

Sería que se me fue el demonio al cielo pensando que había perdido el tiempo, sería que vivo en otra vida por dentro de la cabeza, pero el caso es que aquello sonó a desastre y a rozadura.

En realidad no importa por lo que fue ni de quien es la culpa. Dos mil quinientos kilómetros después de comprarlo, he estrenado el coche en una columna anónima que, por supuesto, no quiero ni volver a ver.

Nada grave. Pintura roja y tirar de seguro. No te lo cuento para darle importancia a un hecho que no la tiene, sino para explicar con un ejemplo una sensación que hace mucho tiempo que tengo.

Cuando la columna se posó en la puerta, paré el coche ante ese pequeño ruido y miré por el retrovisor. Entonces comprendí la situación: la otra columna, el coche de al lado, las dimensiones del vehículo...

Entendí que, hiciera lo que hiciera, maniobrase de cualquier manera, iba a hacer algún estropicio en alguno o en todos los lados. Y es muy difícil moverse sabiendo que vas a hacer daño, que algún corazón quedará siniestrado, que tú mismo te arrancarás la piel.

Pero, después de pensarlo un rato, salí. Salí porque quedarse es morir en el intento, quedarse es sufrir a plazos y pudrirse por dentro, salí, a pesar de la dentera que da ir arañándolo todo al moverse. Salí.

Salí confiando en mi abuela... en que todo tiene apaño menos la muerte.

(La vida es insomnio, enero 2011)

martes, 6 de diciembre de 2016

Despedidas y estrépitos (III)

Tiempos feroces

Del estrépito de atascos y sirenas
a las calles engalanadas,
de las uvas de la suerte
hasta un escombro masacrado de Siria,
de los nombres amados, marcados a fuego
en calendarios impasibles
ante el dolor de los huesos,
hacia la lotería sin calvo
como último reducto de la esperanza.

De la rapiña legalizada y elegante
y la cotización del langostino tigre
en los supermercados de moda,
del viernes negro, de los lunes raros,
de las tardes de villancicos que murmuran
mantras en el hilo musical
de las grandes superficies inhabitables,
hacia los reyes magos electrónicos
y las felicitaciones por Whatsapp
como último reducto de la ternura.

De la lista ordenada y reincidente
de todos mis delitos cometidos,
de cada punto final que sólo pueden
embellecer viejas letras,
de esta soledad menos esperanzada
que la infinita ausencia anterior,
hasta el perro de esta angustia
que solo sabe ladrarme tus ojos
como último reducto del corazón.

Pero el espectáculo debe continuar.
Habitábamos tiempos feroces
y, por si fuera poco,
nos viene encima la navidad.


Despedidas y estrépitos (II)

La piel deshabitada

Hay caminos que el corazón recorre sin retorno, viajes del sentimiento que sólo tienen billete de ida, cambios minúsculos o gigantescos que no tienen vuelta atrás.

"La piel deshabitada" es una obra que pone voz a criaturas sobrecogidas y que habla de los encuentros como regalo, del amor como objeto de felicidad y sufrimiento, del esfuerzo de nadar río arriba para evitar las cataratas.

Es una obra extensa en la que da tiempo a analizar a quienes le rodean; a vestirse y desnudarse varias veces, empuñando las ausencias a veces como heridas y a veces como espada. Los personajes de la obra bailan entre palabras y canciones, sienten la impotencia y el arrebato, mudan de costumbres y de pieles.

De ahí el título, porque todos los episodios juntos parecen una colección de pieles que se han quedado deshabitadas y que sólo la memoria y un sentimiento profundo pero extraño, consiguen revivir todos los días durante unos minutos robados a la vida real, esa que nos mantiene locos y cuerdos, tiernos y huraños, nostálgicos y entusiasmados.

"La piel deshabitada" es un principio que no encuentra nudo y que vive aterrado por el desenlace. "La piel deshabitada", estimados espectadores, puede ser cualquiera, ésta misma que aquí les dejo, la que no se toca durante meses.

Y puede pasarle también a ustedes.

(La vida es insomnio, diciembre 2012)

Han sido casi 400 textos, publicados durante algo más de tres años, aunque escritos durante mucho tiempo más. He recibido casi 300 comentarios que se han quedado aquí grabados, y otros tantos, o quizás más, en conversaciones de cigarro o de cerveza.

Este insomnio que ha sido la vida, ha sido visitado por unos doce mil pares de ojos aunque, posiblemente, la mitad de las miradas hayan sido mías.

La entrada con más visitas es la que se titula Intención literaria, no sé bien por qué. Esto de los gustos es complicado. Me resultaría muy difícil decidir cuál es la creación de la que más orgulloso me siento.

Ocurre, cuando se escribe y se relee lo escrito un tiempo después, que más que la calidad de las metáforas o de la sintaxis, uno se fija en las emociones que tuvo (y contuvo) cuando escribió.

Y ordenar emociones es muy difícil, porque se encabalgan unas sobre otras, se potencian a ratos y a ratos se atenúan, en función de las propias del momento en que se vuelven a leer los textos.

Pero yo sé que me dejo aquí el esqueleto, aunque nadie me lo haya visitado nunca. Como creo que se me ha acabado el tiempo mientras tanto y estoy, completamente seguro ya, de saber acerca del ridículo y de cuánto lo agradezco.

También sé, y no me duele, que cuando me vaya, ya nunca habré estado aquí.

martes, 29 de noviembre de 2016

Corazón y otras vísceras (y IV)

Puede que ese día

Puede que ese día no haya empezado bien y estorben las reuniones, los minutos se detengan entre lágrimas agridulces o se aceleren con los nervios. Es posible que sea un día de esos en los que las despedidas pesan más que el alma, que se va bajando a los pies.

Llegarás cansada con un cansancio turbio, acarreando pasados que buscan sombra. Llegarás cansada con un cansancio disciplinado por entre las semanas y con la boca seca de tener que respirar por ella. Y yo llegaré cansado también, con un cansancio ondulado que rezuma las vueltas del insomnio, con un cansancio tortuoso por la boca del estómago hecha un nudo de inquietud.

El calor habrá desecho el apetito pero no el deseo, que se irá abriendo camino hacia la punta de mis dedos, que buscará la llave de tu lengua para destapar suspiros. Quizás estemos más a gusto en la cama cuando te tiendas con los ojos cerrados, quizás estemos más a gusto a tientas cuando te vaya subiendo el vestido.

Tal vez ese día no haya empezado bien y esa arena que se escapa de las manos se nos haya vuelto tan viscosa que no nos permita pasar a limpio el borrador de un acto de amor que habremos empezado. Y sonreiremos un lamento por el fracaso y anotaremos sudor en el reverso de la ley del deseo.

Puede que ese día no haya empezado bien y que yo te quite los zapatos con torpeza mientras explota la tarde con su fresa ácida. Puede que tú te enroques en el flanco de la ventana para poner mansedumbre sobre las sábanas humedecidas.

Quizás tengas sueño y tu cuerpo pida abandonarse a mis brazos para el descanso, quizás yo tenga un sueño que se cumple despierto y mis brazos pidan abandonarse a tu cuerpo. Puede que cinco minutos no sean suficientes para encontrar la diferencia entre una multitud pequeña de besos digitales y la sola y larga caricia de una piel que se funde con otra por los dedos.

Seguramente habrá después que restituir el mundo a lo cotidiano, volver a componer el puzle de una cordura que nunca vale lo que cuesta. Seguramente después resumiremos todos los besos en un abrazo final que no sea el último. Seguramente, la vida estará impaciente esperando en la puerta con el motor en marcha y habrá que abrocharse la intuición y agarrarse a las palabras para no permitir que las mentiras nos atropellen.

Puede que ese día no haya empezado bien, puede que su transcurso no sea inocuo. Puede que ese día, que no empezó bien, como tantos otros, sólo haya tenido un rato de cielo. Puede que ese día sea tan mentira como cualquier otro, tan leve como un paso perdido que se da en la arena del rompeolas.

Pero ese día llevará dentro esta verdad que te escribo, esa que sólo las caricias pueden mantener en pie y que no tiene sitio en donde caerse muerta.




EN PIE


Sigo en pie

por latido

por costumbre

por no abrir la ventana decisiva

y mirar de una vez a la insolente

muerte

esa mansa

dueña de la espera



sigo en pie

por pereza en los adioses

cierre y demolición

de la memoria


no es un mérito

otros desafían

la claridad

el caos

o la tortura



seguir en pie

quiere decir coraje


o no tener

donde caerse

muerto.



(Pablo Neruda)