domingo, 6 de noviembre de 2016

Esquinas, rincones, portales (III)

Guión de cámara

Disolvencia y plano detalle que se acerca con el zoom al cigarro encendido, y sigue su movimiento ascendente hasta descubrir unos labios.

Se abre lentamente el objetivo y el rostro del que espera (un tipo mediocre, con una barba de tres días que le da un aspecto envejecido y descuidado). El rostro se relaja en el dibujo del humo al que ahora sigue la cámara con un plano picado hacia arriba hasta que se disuelve en su viaje azul y amarillo.

Es un día espléndido, la cámara registra el calor en los destellos de un sol redondo y pleno sobre los cristales de los edificios. Y después de girar alrededor, en una panorámica rápida que presagia novedades en la trama, vuelve al plano corto de su rostro que achica los ojos, como mirando lejos, y esboza una sonrisa pícara.

Plano contra plano, el coche se acerca calle arriba y el hombre relaja los ojos y suaviza la sonrisa hasta parecer adolescente. Una "steady" se asoma a la ventanilla del coche que aparca y sigue a la chica mientras coloca un quitasol en el parabrisas, cierra la puerta y cruza la calle mirando a todas partes pero con los ojos puestos en un único sitio. El plano medio siguiente, recoge el saludo frío que se profesan en mitad del mediodía de la noche americana.

Cambia el plano a vista de pájaro, para seguirlos con un travelling por la acera que los lleva a la puerta de la casa. Baja la grúa con la cámara hasta entrar en la cerradura al mismo tiempo que la llave y fundirse en negro.

Despierta la imagen dejándose mecer por el movimiento de las piernas, soplando con el aire que mueve la falda negra. Plano de conjunto cuando llegan a otra puerta que se cierra sobre el silencio de otro plano medio.

A partir de aquí, cuando entran, la secuencia se construye sobre un plano subjetivo, que se acerca al rincón en el que ella reposa la espalda. Se acerca la cámara y aparecen en plano dos manos que le acarician la cara y la acercan hasta un primerísimo plano de ojos entornados y boca entreabierta. Y, después, fundido en negro sobre sus labios.

Después de la elipsis, él aparece en una esquina de la panorámica de la ciudad que le va barriendo a distancia. Disolvencia y plano detalle que se acerca con el zoom al cigarro encendido, que deja el humo congelado en el aire, como si la historia estuviese esperando el momento de continuar...

-¡Corten! -dijo la voz del director surgida de las sombras-. Me gusta tanto la toma que la vamos a repetir.

(La vida es insomnio, noviembre, 2012)


Cita

La vida se viste de chandal
y el silencio de mis pies fríos
es un niño asustado que atraviesa las puertas
y se esconde dentro del sofá.

Un niño que mira todas las cosas
con el asombro de la primera huida,
tropezando en las esquinas con las voces
de aquellos fantasmas difíciles
que se inventa habitando las ruinas.

Sólo los perros saben romper una tarde
cuando aun está sin planchar
del mismo modo que un temblor de teléfono
puede irrumpir con la voz de una mujer desconocida
sobre la lámpara azul del salón adormecido.

La oscuridad se pliega ante la exacta geometría
de una escalera que siempre está inquieta,
las paredes aturullan el camino de los suspiros
y un ruido de fondo de platos sucios
desploma el mundo sobre un papel.

Entonces un hueco del estómago
arranca el chandal y me extirpa
del amor a las chimeneas encendidas
y, desafiando lo inhóspito de noviembre,
esos zapatos en los que consigo meterme
me llevan pisando con fuerza prestada
hacia el otro lado del mundo.

Atrás siempre queda una palabra
que no debería hacerse esperar.

(La vida es insomnio, noviembre, 2012)

sábado, 5 de noviembre de 2016

Páginas en blanco

Qué pavor
releer nuestro libro
y encontrarlo repleto
de páginas en blanco.

Qué dolor
al desplegar el mapa
de este camino de ir a todas partes
recorriendo el viaje
que nunca hicimos.


Qué tristeza
la de combatir
por los sueños que aún nos quedan,
si sólo nos quedan
aquellos
en los que nunca hemos coincidido.

(sin publicar, mayo, 2011)



ENCUENTRO

Estaba pensando ahora que es muy hermoso encontrarse. Darse cuenta un día, una noche, o poco a poco, de que el azar llena de brillos esos otros ojos con los que gusta cruzarse. Sorprenderse pensando en alguien y en lo que estará haciendo ahora.

Decir hola y ruborizarse, decir hasta luego queriendo decir no te vayas. Esperar visita en la música de las ventanas; o ver un hombro desnudo que se estremece de risa e imaginarse el resto de lo que se esconde más abajo.

Es muy hermoso sentirse bien tratado, despertar del sueño cada mañana para seguir en él. Unir el primer pensamiento con el último en el mismo rostro conocido, y tenerlo cerca después. Es hermoso pronunciar un nombre y estremecerse en el intento. Es muy bonito encontrarse, primero sin irse buscando y, después, buscándose.

Ahora que vivo entre la niebla, quiero dejar escrito en algun sitio imborrable, que es muy hermoso encontrarse, aunque después pase lo que tenga que pasar, que siempre consiste en desencontrarse.

Aunque, bien pensado, no hacía falta dejarlo escrito. No se me olvidará.

Unos consejos de nuestro patrocinador

Vendo humo

Llevo toda la mañana esperando que suenen las alarmas, que el día se espese y se doble por la mitad de la tostada o que los teléfonos resuenen más allá de las perchas ansiosas de sellos.

Estoy esperando el virus, la náusea, el delirio. He deseado un agobio de oxígeno, una tromba de melancolía que retumbe en los cristales, una noche interminable de decepción.

Pero no ha sido la tragedia, sino la lluvia, la que me ha entreabierto el corazón  hacia las persianas y no he dudado en atender a su agua sin pasar de largo hacia el mediodía. Y he intentado sentirme solo, y triste de mar y herido de incertidumbre.

He visto que no puedo y, precisamente, porque no hay dos vidas iguales, porque no puedo dedicarte esos mismos minutos que tú me dedicas, he tenido que inventarme estos otros, distintos. Unos minutos que te devuelvan el vello de punta y te hagan marcar teléfonos en las sábanas y brindar con ojalás que se perdieron en la memoria.

Tienes razón, sólo vendo humo, lo sé. Y me gusta hacerlo y me gusto haciéndolo y lo sé. Y tú ya hace mucho que te diste cuenta. Lo que no sabes, lo que no puedes creerte, es que, mi humo, no... Mi humo no se lo vendo a cualquiera.

Sólo a quien, como tú, sabe tornearlo como garabatos y deshacerlo en aire.

(la vida es insomnio, noviembre, 2011)





EL AIRE HUELE A HUMO

A Gabriel Celaya y a Amparo Gastón,
Que tanto le quiso y le quiere todavía.
J.A.G.

¿Qué hará con la memoria
de esta noche tan clara
cuando todo termine?
¿Qué hacer si cae la sed
sabiendo que está lejos
la fuente en que bebía?

¿Qué hará de este deseo
de terminar mil veces
por volver a encontrarle?

¿Qué hacer cuando un mal aire
de tristeza la envuelva
igual que un maleficio?

¿Qué hará bajo el otoño
si el aire huele a humo
y a pólvora y a besos?

¿Qué hacer?¿Qué hará? Preguntas
a un azar que ya tiene
las suertes repartidas.

(José Agustín Goytisolo, 1992)



Oferta

Trabajo fijo, vecinos amables, cara de buen chico, fama de no haber roto nunca un plato y barriga con cicatriz.

Un puñado de letras, algún que otro poema bueno y muchos cuentos. Apariencia de calma, angustia interior, nervios en el estómago; principios ilusos, pero todavía aprovechables, manos que saben sudar suavemente y miedo por todos los poros.

Pereza, nostalgia, sensación de vacío y canciones aprendidas de memoria. Un hueco infinito en el pecho, un corazón adormecido, ganas de volar revueltas con vértigo... y humor absurdo, pero fino.

Le gustan el chocolate, la complicidad de los gestos y el vino. También le gusta la magia, pero no es practicante. Busca algún futuro, ahora, tan a destiempo, con un sexo sentido. Piel suave y mucho vello. No le gusta afeitarse los días que nadie le toca, que son muchos.

Miope, pero sabe mirar a lo lejos. Tiene la vista cansada de las pantallas y los dedos turbios de remover el azúcar en la taza. Le gusta mucho jugar, especialmente con las palabras. Escucha bien a los demás, pero se oye regular a sí mismo.

Y padece insomnio, pero ya no le hace sufrir no poder dormir. Lo que más teme en este mundo es perder la memoria y las ganas de soñar. La muerte de los demás le asusta más que la suya propia.

No baila, porque suda mucho y se siente feo con todo el mundo vestido de guapo. No es bueno para el trabajo pesado y no sabe ni colgar un cuadro.

Tiene querencia a las tablas, le gusta ser optimista, no le importa parecer tonto -para irse haciendo el cuerpo por si acaso lo fuera- y está más despierto de noche que de día.

Y con este equipamiento, tengo en el almacén desde hace tiempo a un tipo que adora los imposibles, pero que nunca los consigue, por definición. Lo vendo barato, está de oferta.

Me vendo barato porque ya no me sirvo, porque hay que dejar sitio y quitarse las telarañas. Me vendo barato porque ahora, ya, quiero ser otro mejor y, en tanto que ande conmigo encima, nunca lo conseguiré.

(la vida es insomnio, julio, 2012)


Pintor que me has pintado
en este cuadro vago de la vida,
tan bien, que casi
parezco de verdad; ¡ay, pínta-
me nuevamente, y mal, de modo
que parezca mentira!

(Juan Ramón Jiménez, Ceniza de Rosas, 1912)

viernes, 4 de noviembre de 2016

Viaje

Viajar deshaciendo los nudos es hacer garabatos
en un aire lleno de humo y ventiscas,
desterrar la transparencia de las ventanas
con el ritmo de la lluvia en el desierto,
aliñar la conciencia con vinagre,
caminar sin moverte de tí mismo.

Viajar desmembrando las telarañas de la memoria
significa sufrir los mosquitos
de un viejo pantano de rodillas inmersas
en otro fango más espeso; o arder
en llamas antiguas con los soplos
de un aire nuevo, arrugarse
frente al paso de los días
y rogarle al color de las pastillas
que traigan un sueño.

Pero después, cuando la madeja se deje
atravesar por la luz, cuando el guiño
se convierte en meta y la memoria
barra los mosquitos de la piel intacta,
cuando las cenizas curen las rodillas
y el aire estire las noches templadas
como luz que se derrama de una farola,
podremos tirar las pastillas al pantano
y serán los otros mundos invisibles
los que viajen partiendo de mí
hacia tu trayectoria.

(sin publicar, julio 2011)




PUNTO DE PARTIDA

Tú vienes de otra parte, yo vivo en otra época,
y ahora estamos en tierras que, al ser tierras de nadie,
nos sugieren espacio y aventuras, regreso.

Tú quisieras quedarte, yo pensaba emigrar,
pero sólo miraba los horarios o el rumbo
de los barcos que nunca fondearon aquí.

Me sentaré a tu lado, me dormiré contigo,
pues quedarse contigo es marcharse muy lejos:
tu mirada me aparta de este clima cerrado,
tus palabras me dicen aquello que no dije.

(José Carlos Rosales, Poemas a Milena, 2010)

martes, 1 de noviembre de 2016

Esquinas, rincones, portales (II)

Lo que no se ve en los poemas

Tienen los poemas la dichosa costumbre
de salir en los libros completamente limpios,
sin que nadie aprecie, sin que pueda encontrarse
en ellos lo mundano de su existencia.

Por eso, nadie sabrá el tiempo estirado o detenido
que tardé en llegar a la siguiente estrofa,
ni el torrente de emociones que no quise
abreviar en sílabas delicadas o en palabras rotas
por el cansancio y mi torpeza.

Nadie entenderá el desprecio que sentí
por las rimas que no me conmovieron
y que extirpé de entre los renglones
después de haberlas hecho jirones
de vocabulario en el pensamiento.
Ni la pesadumbre de borrar lo escrito,
ni la certidumbre de no tener talento,
ni el principio de aquel otro poema
que correrá la misma suerte de olvido.

No se descubre en estos versos la tos,
la imperiosa llamada del resfriado que me sacude,
ni la sequedad de los ojos prestados
a la atención de las pantallas.
Es imposible contemplar en este poema
el patetismo del chandal y las pantuflas,
las migas de pan esparcidas en el escritorio,
el color del vino y sus manchas diversas,
la pesadez de párpados del insomnio.

Para nada quiero ya el tiempo que pasé
limpiando este poema a los ojos del mundo.
Sólo sé que aquí lo dejo,
en donde encontrar otras miradas que quieran
pasarlo de nuevo a sucio.




INTROITO

Mi juventud lograda en tantos años,
mi rebeldía, mi inocencia intacta
las perdí en el instante
en que tomé la grave decisión
de medir estos versos
y entregártelos libres de ceniza,
sin las manchas que poco a poco, lento,
el paso de los días va dejándonos;
sin aquellas palabras que me llevo,
que arrastro y me hacen ser umbrío, necio,
y transido de vida.

(Mario Vega, Al umbral de las horas)

martes, 18 de octubre de 2016

Esquinas, rincones, portales (I)

Deshaucio

La luz de la lámpara ensordecida
en aquella noche sin ventanas.

O el tumulto de un roce.

Las palabras, que vuelven o se escapan,
de tantas veces como estuvieron dichas.

Las lágrimas y las risas,
el cuarto del incendio, la nieve
que chorreaba aquella tarde de marzo
entre tus besos llenos de frío.

El olor a carne recién amada
y el desencanto posterior.

La parte del color del trigo
que todavía me asalta la memoria,
las noches de insomnio, la soledad
cuando se va deshaciendo la madrugada
en cigarros y duermevela.

Todo lo que siempre llega tarde
y todo lo tarde que llegamos siempre.

Unos cuantos litros respirados de aire
en las proximidades de los besos,
las manos que se buscan, los ojos
que traen un sueño mientras otro es el sueño
que los cierra en la lejanía.

Diversos números de teléfono olvidados.
Aquel aroma tuyo a dulce melancolía.

Todo lo que he sido, todo lo que soy,
todo lo que tengo
está en eso que ya no es mío:
este es el inmenso desahucio
a que nos va sometiendo la vida.

Aunque más tristeza la de quien pueda
vivir sin necesitar algún olvido
que espantar en las canciones de moda,
que echarse a los poemas.

(La vida es insomnio, diciembre 2011)



De la nostalgia

Recuerdo solamente que he olvidado el acento de las más amadas voces,
y que perdí para siempre el olor de las frutas de la infancia,
el sabor exacto del durazno,
el aleteo del aire frío entre los pinos,
el entusiasmo al descubrir una nuez que ha caído del nogal.
Sortilegios de otro día, que ahora son apenas letanía incolora,
vana convocatoria que no me trae el asombro de ver un colibrí entre mi cuarto,
como muchas madrugadas de mi infancia.
¿Cómo recuperar ciertas caricias y los más esenciales abrazos?
¿Cómo revivir la más cierta penumbra, iluminada apenas con la luz de los Beatles,
y cómo hacer que llueva la misma lluvia que veía caer a los trece años?
¿Cómo tornar al éxtasis de sol, a la luz ebria de mis siete años,
al sabor maduro de la mora,
a todo aquel territorio desconocido por la muerte,
a esa palpitante luz de la pureza,
a todo esto que soy yo y que ya no es mío?

(Darío Jaramillo Agudelo, Poemas de amor, 1986)

viernes, 7 de octubre de 2016

Inolvidables

A primera vista

La probatura inicial no tuvo mucho misterio, suele ocurrir en todos los primeros encuentros. Nunca creí en las cosas a primer oído. Intercambiamos la voz, es cierto, pero nada más. Ni quise dejar, ni descubrí ningún mensaje escondido.

Después de mucho tiempo, lo volvimos a intentar. Mirando, abriendo bien los ojos, apartando las pestañas incluso. Aunque nunca creí en las cosas a primera vista, tu mirada me escondió el primer secreto compartido.

Más tarde, nos propusimos seguir el rastro de las letras que el azar puso junto al camino. Nunca creí en las cosas a primera lectura, pero hubo versos infinitos que dibujaron el quicio de una puerta entre dos mundos muy diferentes.

Entablamos reflejos y espejismos, acometimos viajes y regresos. Activamos hechizos duraderos que hacían hervir la sangre con un fuego conspicuo. No creo en las cosas a primera magia, pero construimos un manojo de castillos que flotaban.

Abordamos entonces, con el corazón convertido en coraza, el recóndito desequilibrio de las manos y la electricidad estática de los murmullos. Alfareros improvisados, promovimos sobre el barro el abordaje de otros labios en un empréstito de aires. No creo en las cosas al primer tacto, pero aún me palpita en la piel el eco de tus dedos taconeando.

No renunciamos, tampoco, a probar la pesada sutileza de la ausencia, ni el mar contenido en la marea de aquel vaivén, cuando venías queriendo irte, pero te ibas pensando en volver. Nunca he creído en las cosas al primer movimiento, pero reconozco que estuve mucho tiempo durmiendo en la estación.

Nunca he creído -y sigo sin creer- en las cosas que ocurren al primer algo, al primer nada. Pero creeré siempre en el poder pequeño e incansable de la constancia. Y en el de la imaginación.

(Instanteca, octubre 2008)


Patos y benjamines

Estaba el pobre temblando de olvido, pinchado y solo. Fue lo primero que hice al entrar, buscarlo, y, al verme, saco su naranja más intenso para saludarme.

El amarillo, en cambio, estaba apagado, lleno de polvo, camuflado entre la oscuridad que reinaba. Levanté la persiana y con la luz, cobraron vida de nuevo las imágenes que estaban allí guardadas.

El último te quiero andaba colgado en la puerta, la silla que se cabalga chirrió los goznes como intentando, una vez más, sostener nuestro peso imaginario.

Entonces busqué el encargo. Aparté el árbol y la casa, me hice hueco en la soledad del rincón y abrí el armario. No estaba visible a primera vista, así que moví bolsas y revisé los estantes hasta encontrar lo que buscaba.

Y como suele suceder siempre, buscando una cosa, se encuentra otra. Allí estaba el más pequeño, perdiendo burbujas detrás de una bolsa, vestido de luto como si anduviese penando una culpa que no tiene.

Es rigurosamente cierto lo que le dije a ella la otra noche. El amor no se queda en las cosas, los abalorios del pasado no están untados con la esencia de los ausentes. Las personas inolvidables, eso lo creo firmemente, no lo son gracias a la química de la memoria.

No. La memoria es la más traidora y la mejor amiga, un veneno mortal y al mismo tiempo, su antídoto. Pero la memoria es sólo un punto de conexión de la trama infinita en la que  vivimos. A los inolvidables, los llevamos dentro, por dentro, desde dentro. Y es que nosotros somos como somos, porque ellos fueron como fueron.

Aun estando completamente convencido, no pude resistir la nostalgia de ver solos (o de sentirme yo) los patos y los benjamines, y los eché en la mochila para tenerlos en casa.

Un día triste, de los muchos que tienen que llegar en todas las vidas que vivamos, el pato y yo, metidos en la bañera, brindaremos con benjamín para matar tu ausencia. Aunque ya sé que no estás en ellos y tu ausencia no morirá por eso.

(septiembre 2011)